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"Cleopatra" Copyright Jonathon Earl Bowser
La magia se respira en cualquier rincón de Egipto. Lo primero que detectamos al vistar sus templos son los jeroglíficos de sus columnas y paredes. No está de más recordar que la palabra jeroglífico-según el egiptologo R.A. Schwaller de Lubicz- es un traducción helénica del vocablo egipcio Medú Neter que a su vez significa "palabras divinas" o "palabras de los dioses".
Los templos eran los catalizadores de toda esta magia sagrada y el faraón era el único capacitado para dirigir los ritos necesarios para mantener la presencia de los dioses en la tierra.. La magia era considerada en el antiguo Egipto como una actividad primordial. Formaba parte de sus costumbres y de sus ritos. Uno de los objetivos principales de las prácticas mágicas era proteger al faraón de toda influencia negativa. Pero al lado de esta magia de Estado se encontraba la magia cotidiana, la magia de los campesinos. No había acto religioso o cultural que no tuviera carácter mágico y esto es por una razón fundamental: sus dioses les eran tan cercanos que su invocación era moneda corriente para cualquier actividad.
Era corriente en las civilizaciones antiguas confundir magia con religión. Respecto a esto el genial egiptólogo Maspero señalaba que "no debemos asociar al concepto de magia la idea degradante que casi inevitablemente acude a la mente moderna. La antigua magia era el verdadero fundamento de la religión. El creyente que deseaba obtener algún favor de un dios no tenía probabilidades de éxito a menos de sujetar a la divinidad y este acto solamente podía efectuarse por medio de cierto número de ritos, sacrificios, oraciones y encantamientos que el mismo dios había revelado y que le obligaban a hacer lo que le demandasen". Se llegaba a amenazar a los dioses dejando de rendirles culto y de realizar ofrendas.
Dada la concepción mágica de la vida que tenían los antiguos egipcios, el símbolo era su lenguaje favorito. Cada escritura, cada pintura, cada objeto artístico contenía una enseñanza simbólica referida a los misterios divinos y funerarios.. Los vivos y los muertos gozaban de la protección de determinados amuletos. A menudo representaban a grandes divinidades: Ra, Horus, Osiris, que garantizaban la salud y toda la suerte de felicidades.. La vida social y religiosa del antiguo Egipto estaba influída por los símbolos mágicos representados en los jeroglíficos de las paredes de los templos sagrados y de las tumbas de los valles de los Reyes y de las Reinas. Su finalidad era poner en contacto con realidades invisibles de orden superior.
Los egipcios creían en la inmortalidad del alma y lo expresaban de distintas maneras. En los textos de las pirámides hay una exclamación referida a Teti I que dice: "el rey Teti no ha muerto de muerte. Se ha convertido en uno de los gloriosos que están en el horizonte".
TEMPLOS DE INICIACIÓN
Hoy se sabe que las pirámides de Gizéh no eran tumbas de faraones, sino algo de mucha mayor trascendencia. El reverendo Clymer en su obra Los misterios de Osiris o la iniciación del Antiguo Egipto (1978), nos precisa que "en el interio de la pirámide (de Keops) había un templo diseñado para enseñar y explicar toda la ciencia conocida y especialmente la ciencia sagrada secreta del alma". Pero problablemente el centro mágico más grande de Egipto era la ciudad santa de Heliópolis, que significa la "ciudad del Sol", emplazamiento que se halla al noroeste de El Cairo. Era la ciudad sagrada del antiguo imperio y allí fue donde se elaboró la teología más antigua que se conserva en gran parte de los llamados textos de las pirámides.
Sus templos albergaron numerosos papiroas mágicos en el amplio sentido de la palabra, aunque versan sobre escritos médicos, botánicos, zoológicos o matemáticos. Era difícil desligar la vida científica de la divina, pues el antiguo Egipto estaba inmerso en un ambiente de magia. Una elite, los sacerdotes, tuvieron el privilegio de levantar parte del velo que ocultaban los misterios del destino humano. La mayoría de los conocimientos que atesoraban eran atribuidos directamente a la influencia de los dioses en la época que gobernaron la Tierra.
El escritor Eduard Schuré nos recuerda que los sacerdotes de Menfis afirmaban: "la ciencia de los números y el arte de la voluntad son las dos claves de la magia; ellas abren todas las puertas del Universo".
La mayor parte de los sabios y filósofos griegos, atraidos por esta fama se dirigían a este país y en concreto a Heliópolis para recibir allí ritos de iniciación mística o sencillamente una serie de conocimientos científicos que los sacerdotes egipcios tenían archivados en sus cámaras secretas desde hacía siglos.
Los sabios egipcios desconfiaban de los griegos a quienes juzgaban ligeros e inconstantes. No obstante Pitágoras (Siglo VI A.C.) provisto de una recomendación del faraón Amasis se presentó a los sacerdotes de Heliópolis quienes según Porfirio hicieron todo lo posible para desanimarlo. Le enviaron a los dos de Menfis, los cuales le dirigieron a su vez, a los de Tebas, en donde fue sometido a penosas pruebas iniciáticas, suscitando la admiración de sus instructores por la forma en que las superó.
Según afirma Jámblico, su iniciación duró veintidós años en los templos de Egipto, bajo el pontificado del sumo sacerdote Sonchis, y allí aprendió la ciencia de los números que luego enseñó a sus discípulos.
Tales de Mileto estudió en los santuarios de Menfis y Anaximandro, su sucesor, trajo de Egipto la división del día en doce horas. Demócrito, por su parte, vivió cinco años en la sociedad de los sacerdotes egipcios y allí perfeccionó sus estudios de astronomía y geometría.
Fue en Heliópolis donde a Platón le informaron de la leyenda de la Atlántida que luego plasmó en dos de sus diálogos -Timeo y Critias-. Allí estuvo unos trece años y en sus escritos asegura que hacia el 560 A.C. había en el templo de Neith, en Sais, cámaras secretas que contenían archivos históricos guardados durante nueve mil años. Fue en Sais donde se encontró la célebre estatua de Isis con la inscripción: "Soy todo lo que fue, todo lo que Es y todo lo que Será y mi velo jamás fue corrido aún por ningún mortal".
EL PODER DEL NOMBRE
Los hombres intentaban imitar a los dioses. Por eso si cualquier acto en la vida de los egipcios era mágico ¿cómo no lo iba a ser el de poner el nombre de una persona?
Pronunciar el nombre auténtico de un Dios, un faraón o un simple ciudadano, era revelar la esencia de su ser. El mero hecho de nombrar las cosas significaba crearlas. Porque nada existe antes de haber recibido su nombre en voz alta. Las letras que componían el nombre de una persona eran sonidos portadores de energía. Conocer el nombre auténtico de un faraón era tener su perfecto dominio.
Para evitar esto los egipcios tenían dos nombres. Uno de ellos sólo era conocido por quien lo llevaba, por su madre y por su padre.
En monolito de un gran sacerdote de Ptah, de la época ptolemaica, puede leerse esta inscripción: "se le dio por nombre Imhotep y se lo llamó Petubast".
De hecho la mayor afrenta que se le podía hacer a un egipcio era destruir su nombre. En una estela de execración contras los violadores de tumbas del Valle de los Reyes se pueden leer frases tan estremecedoras como estas: ""Que sean aniquilados quienes atacan mi nombre, mis efigies, las efigies de mi Doble y mi Fundación...serán privados de su Nombre, de su Doble, de su Ka, de su Ba, de su Khu..."
En Egipto nada era casual, había hombres capaces de estudiar y traducir los jeroglíficos y los había aptos para captar la energía contenida en el nombre secreto de los dioses. Al fian y al cabo, tal como se afirma en las instrucciones del faraón Menikara (VIII dinastía) "Un dios dio la magia a los hombres para ayudarlos a defenderse".
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